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La Parábola del Auto
Por Neil Anderson y Rich
Miller
Hubo un tiempo, no hace mucho,
cuando pocas personas tenían autos. La mayoría de la gente
caminaba a donde tuvieran que ir, debido a que caminar era seguro y los
peatones se enorgullecían de cuán fuertes eran sus piernas.
Algunos tenían autos, pero como la mayoría de las personas
sospechaban de esas "chucherías nuevas", muchos de los conductores
mantenían sus autos guardados en los garajes para que nadie pensara
que eran raros. Los sacaban el domingo, pero los guardaban de nuevo el
resto de la semana.
Generalmente, no se consideraba
cortés hablar de autos. Cuando surgía el tema de los "autos",
los que caminaban se sentían nerviosos, y la mayoría de los
conductores tenían cuidado de no ofender a nadie que no tuviera
uno.
Un día, un adolescente
llamado David caminaba hacia la escuela, como siempre. Había estado
mirando a los autos pasar y estaba pensando respecto a cuán cansado
estaba. De pronto, uno de sus amigos se detuvo y le preguntó sí
quería que lo llevara. Sus otros amigos, que estaban caminando con
él, le advirtieron que no lo hiciera y se burlaron del conductor.
Pero David era curioso.
"Muy bien, iré contigo,
pero sólo esta vez", dijo David para beneficio de sus amigos peatones.
Había un hombre de apariencia amistosa sentado en el asiento delantero,
así que David abrió la puerta y se subió al asiento
trasero.
-¿Quién es
él? -le preguntó David a su amigo.
-Oh, es el dueño
del auto replicó su amigo-conductor. Él va conmigo a donde
quiera que vaya. Viene con el auto, o más bien, el auto viene con
él. Me está enseñando como manejar y me muestra los
mejores lugares a dónde ir y cómo llegar allí.
Esto le pareció muy
extraño a David, ya que estaba acostumbrado a caminar por dondequiera
que él o sus amigos desearan ir. Pero tenía que reconocer
que su amigo-conductor ciertamente parecía feliz y mucho menos cansado
que él. Así que se recostó y los miró mientras
hablaban.
Muchas veces el hombre leía
el manual del dueño del auto. David no podía entender mucho,
pero su amigo-conductor parecía encontrar la información
muy útil para manejar.
Finalmente, David le preguntó
a su amigo cómo fue que obtuvo el auto.
-Él me lo dio para
que lo usara -dijo el conductor, señalando al hombre en el asiento
delantero.
-¿Él te lo
dio?
-Así es. Y también
te dará uno a ti. Con dos condiciones.
-¿Qué condiciones?
-Uno, tienes que dejar que
vaya contigo dondequiera que vayas. De paso, eso no es muy difícil.
Una vez que lo conozcas, no vas a querer ir a ninguna parte o hacer nada
sin él.
-Muy bien, eso me parece
bien, ¿Cuál es la otra condición? -preguntó
David emocionado.
-Tienes que estar dispuesto
a convertirte en un conductor en lugar de peatón.
Pero todos mis amigos son
peatones.
-Sí, eso es cierto,
David, pero todos tus amigos también están cansados.
David pensó en el
negocio y finalmente accedió. Su amigo inmediatamente manejó
al lote de autos nuevos y David vio el auto que quería. Cuando abrió
la puerta y se subió al asiento del conductor parecía como
si lo hubieran hecho justamente para él. Y para sorpresa suya, ese
bondadoso hombre estaba sentado a su lado sonriendo.
Así que partieron.
Manejar parecía fácil. El hombre le mostró cómo
virar. Le enseñó acerca de las señales de tránsito
y por qué debían ser obedecidas. Le advirtió acerca
de los peligros y lo llevó a ver hermosos lugares.
Un día el hombre
le dijo que manejara a la escuela.
-¿Manejar a la escuela?
¿Estás loco? -preguntó David asombrado- ¡Todos
mis amigos van a pensar que estoy loco!
-¿Creíste
que tu amigo-conductor estaba loco? preguntó pausadamente el hombre.
Sí. Es decir, bueno,
un poco. Bueno, por lo menos al principio. Pero no entiendes. Mis amigos
no pueden todavía manejar esto. Es demasiado nuevo. No, hoy no sería
un buen momento para esto. Mañana será mejor. Sí,
mañana manejaré a la escuela, ¿muy bien?
El hombre se quedó
callado mientras David salió por el camino hacia las hermosas montañas
que habían visto ayer. A medida que manejaban pasaron por unos edificios
de apariencia extraña en donde los conductores parecían ponerle
cierta clase de líquido a sus autos. El hombre siguió animando
gentilmente a David para que se detuviera y entrara.
-¡Hoy no, señor!
No tengo tiempo para eso.
Tenemos que llegar a las
montañas y regresar antes de que oscurezca. Quizás mañana.
El hombre se quedó
callado de nuevo.
David encendió la
radio para no sentirse solo. Había muchas estaciones para escoger.
Algunas estaciones tenían conferencistas interesantes ofreciendo
sugerencias del manual del dueño para manejar. También había
canciones acerca de la importancia de detenerse en las estaciones de servicio.
"Hum. Propagandas estúpidas",
murmuró David mientras cambiaba la estación.
Finalmente encontró
música que le gustaba. Algunas de las canciones hablaban acerca
de las grandes cosas que podían hacer los peatones. Otras canciones
le advertían que no escuchara a nadie sino a sí mismo. Comenzó
a pensar acerca de todo lo que se estaba perdiendo, ahora que era un conductor.
Luego de manejar por varias
horas, el auto comenzó a actuar de manera extraña. Ya estaban
muy adentro en las montanas, con muy pocos autos a su alrededor.
A medida que el auto se
detenía, David le preguntó al hombre qué era lo que
andaba mal.
El hombre parecía
estar dormido. David estaba enojado con el auto y con el hombre.
Se salió, cerró
la puerta, y miró el motor como había visto a otros hacer,
pero no tenía idea alguna en cuanto a qué hacer.
"No voy a llegar a ninguna
parte de esta manera" se dijo a sí mismo.
-Oye, ¿puedes ayudarme
a empujar esta estúpida cosa? -le gritó al hombre. Pero no
obtuvo respuesta alguna.
Así que comenzó
a empujar el auto de vuelta a casa. De vez en cuando pasaba a otro conductor
que empujaba su auto. Ellos como que se sonreían el uno para con
el otro demostrando valor y se apresuraban en el camino. Algunos de los
conductores que andaban empujando le dijeron a David que habían
estado haciendo esto por años. Se veían muy cansados. David
se preguntó si siquiera recordaban cómo realmente se manejaba
un auto.
De vez en cuando David pasaba
una de las estaciones de servicio y las personas amistosas que se encontraban
allí le gritaban saludos animándolo a que entrara. Algunos
le dijeron que su auto estaba sin gasolina, y ellos podían ayudarlo
a llenarle el tanque de nuevo.
Uno de ellos dijo: "Todo
está escrito en el manual del dueño".
"Lo siento, no puedo hoy.
Estoy demasiado ocupado. Quizás mañana", dijo David mientras
continuaba.
Lo más difícil
era tener que soportar la risa y los dedos señaladores de los peatones
mientras pasaba. David deseó jamás haber llegado a ser conductor.
Estaba más cansado que nunca antes. Y ahora estaba oscureciendo,
y estaba un poco asustado.
Finalmente, cuando David
estaba a punto de agotarse, un compañero conductor se le acercó
y se salió de su auto.
---Oye, amigo, realmente
te ves cansado. ¿Qué pasa?
-Estoy tratando de llegar
a casa -le dijo David.
-Bueno, oye, ¿no
te das cuenta de que tu auto tiene un motor adentro? Tiene mucho más
poder que tú.
-Sí, lo sé.
Al principio era magnífico, pero no puedo arreglármelas para
que funcione de nuevo. David casi lloraba mientras miraba los simpáticos
ojos del otro conductor.
-Sé exactamente qué
es lo que quieres decir. Empujé mi auto por años antes de
darme cuenta de que necesitaba invertir el tiempo para detenerme en una
estación de servicio y llenarlo de gasolina.
David no podía creer
lo que escuchaba.
-Oh, he sido tan estúpido.
El dueño de mi auto seguía diciéndome eso, pero no
escuchaba.
-Sí, yo tampoco.
Oye, no seas idiota como yo. Déjame ayudarte a empujar a esta estación
de servicio allá adelante. Y, de paso, si le dices al dueño
lo tonto que has sido y le dices que quieres escuchar de nuevo lo que tenga
que decir, creo que podría ayudarnos.
Los dos conductores habían
estado tan ocupados hablando que no se percataron de que el auto de David
ya iba a mitad de camino hacia la estación de servicio. El dueño
se había salido silenciosamente de su asiento y había empezado
a empujar por ellos.
---Oye,¡espera! -gritó
David, con lágrimas corriendo por su rostro. No tienes que hacer
eso solo. Déjame ayudarte.
David corrió tan
rápido como pudo para alcanzar al hombre. Cuando lo alcanzó
le faltaba el aire.
-Señor, he estado
tan ocupado escuchándome que dejé de escucharte. ¿Podrías
perdonarme?
El hombre sonrió.
-Puedes llamarme Jesús,
mi hermano.
Ahora, ¿podrías
dejar de hablar y empezar a empujar? Tenemos que llegar a tu casa para
que te prepares a manejar para ir a la escuela mañana. ¿Muy
bien?
-Oh, sí. Dije eso,
¿verdad? -David pareció avergonzado.
-Sí, eso dijiste.
-¿Irás conmigo?
-preguntó David esperanzado.
-Fui contigo hoy, ¿verdad?
David asintió.
-David, mi querido amigo,
la pregunta nunca es si voy a ir contigo o no. Jamás te dejaré
ni te abandonaré. La pregunta es, ¿iras conmigo?
Tomado del libro "Llénate
de luz, no de miedo", escrito por Neil Anderson y Rich Miller, publicado
por Editorial Caribe. 1996 © Derechos reservados.
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